Permacultura. Parte 2

La falacia de la Revolución Agrícola y la lucha contra la naturaleza

En el post anterior hemos hablado de cómo se originó la permacultura, a raíz de la preocupación ecológica derivada de las dramáticas consecuencias de la agricultura mecanizada. Describimos cuáles son sus principios de diseño, basados en imitar procesos naturales para crear ecosistemas vivos y sostenibles que producen alimento a la vez que dan cobijo a la fauna, aportan diversidad y regeneran el ecosistema global. 

En este segundo artículo cambiaremos un poco la temática central para hablar de los orígenes, para analizar críticamente la llamada Revolución Agrícola y el “progreso” de nuestra civilización. De este modo entenderemos algunas de las ideas más arraigadas de nuestra cultura, demasiadas veces incuestionadas, y porqué se puede considerar necesaria una revisión de nuestra forma de producir alimento, analizando qué parte juega la permacultura en todo esto.

Hace unos 10.000 años…

Hace unos 10.000 años unos grupos de Homo Sapiens empezaron a descubrir los secretos del cultivo de alimentos. Esto no fue un hecho aislado, ni acompasado, ni planificado. En muchos rincones donde habitaba esta especie, durante unos miles de años se empezaron a dar indicios de lo que más tarde se llamaría la Revolución Agrícola. 

Después de 2,5 millones de años alimentándose de la caza y la recolección, ¿que llevó a esta especie a conrear la tierra y domesticar animales? ¿Cómo recordáis vosotros que os contaron esta historia?

Cuando nos cuentan la historia de la humanidad, nos cuentan la historia del progreso, de los asombrosos pasos que dio este ser, el Homo Sapiens, para llegar a crear estas sociedades desarrolladas y llenas de abundancia en las que nos movemos muchas de nosotras hoy en día. Pero lo que nos cuentan es una versión de la historia, filtrada a través de los ojos de la cultura que la analiza. No es una mentira, no es que en los libros de historia se inventen el pasado, pero nuestra cultura tiene unas bases ideológicas que hacen de filtro al estudiar los hechos que pasaron hace mucho tiempo, de los cuales tal vez no podamos ni llegar a imaginar la mitad, simplemente porque su cultura, su visión del mundo y de todo lo demás, no tenía nada que ver con la nuestra.  

¿Desde dónde contamos la historia…?

Cada ser humano vive dentro de una cultura; esta cultura forma parte de su psique y a la vez ésta perpetua la cultura. Cuando crecemos pasamos por un proceso de aculturación. Nuestra mente se configura alrededor de todo un sistema de significados culturales (Bruner, 1009/1991), a través del ejemplo de los adultos, de lo que recibimos por el lenguaje y la interacción social (Mendoza, 2010). Esta significación, este marco cultural, nos persigue allá donde vamos y muchas veces, muchísimas, ni sabemos que lo tenemos. De ahí nacen todas las ideas de la supremacía de una u otra cultura, de lo que está bien o mal, de lo que es “natural” o no. De ahí salen los juicios y prejuicios. (Serrano, 2008; Heine, 2010)

La narrativa de nuestra historia está explicada desde una óptica concreta construida desde una identidad cultural que sigue unos patrones específicos. Si se estudia la historia desde una sociedad que cree en la supremacía humana como natural e incuestionable (Best, 2014), en la civilización [cómo la conocemos] como único modo de existencia para el ser humano, en que la “mejor manera de vivir es produciendo nuestra propia comida” (Quinn, 2000), una sociedad patriarcal, jerarquizada, etc., ¿cómo se pueden estudiar los hallazgos históricos sin evitar sesgos?

Un error importante es el estudio de la historia como un proceso lineal y único, con una sola interpretación. Esta es la historia de la dominación del ser humano contra la naturaleza, de ensalzar la grandeza del Homo Sapiens como especie conquistadora que ha logrado separarse del mundo natural. Pero la historia no es ni lineal, ni fluida, ni sigue un solo hilo (Best, 2014); hay muchas historias distintas que se han dado en paralelo y muchas posibles interpretaciones a hechos que ahora damos por supuestos que fueron de una forma concreta.

Por ejemplo, algunos creen que antes de la aparición de la agricultura y, por lo tanto, antes de pasar a ser una especie sedentaria, la cultura era algo pobre y los intercambios entre individuos eran puramente económicos (dar y recibir de forma simple) (Harari, 2014). Esto se cree porque se ha analizado desde la creencia de que todo aquello anterior a la revolución agrícola era bárbaro, salvaje y “animal”, porque no era civilizado cómo lo somos ahora y como se empezó a ser con la aparición de la agricultura. 

Göbekli Tepe. Autor: Benefits, Licencia Creative Commons

Hay un hecho, no obstante, que destruye fácilmente todo este discurso. Se cree que se empezó a conrear y que eso desencadenó una cultura compleja; no obstante, se encontró un yacimiento (Göbekli Tepe) datado del 9.500 a.C el cual constaba de una compleja estructura hecha de grandes pilares, similar al conocido Stonehenge (Harari, 2014), aunque este data del 2.500 a.C. Estas construcciones son muestras de una cultura compleja con un sistema de creencias místico-religiosas desarrollado; por esas fechas, según la teoría inicial, no se debería de encontrar rasgo de una cultura compleja. Este descubrimiento, juntamente con el hecho de encontrar pruebas de la aparición de los primeros trigos cosechados (espelta pequeña) a unos 30km lejos de Göbekli Tepe, indican que la aparición de la agricultura pudo tener otro significado, si más no, en esa región concreta. Este yacimiento era como un templo, el cual tuvo que ser construido con la ayuda de distintos poblados que por aquel entonces eran cazadores-recolectores. La cantidad de tiempo que se necesitaba para construirlo era tal que fue necesario el aprovisionamiento de comida para aquellos que estaban trabajando. Por lo tanto, la presencia de trigo cultivado en los alrededores puede dar a suponer que se empezó a cultivar porque se necesitaba alimentar a los trabajadores, es decir, la cultura compleja podría muy bien haber existido antes de la aparición de la agricultura y que no fuese esta la que la originó (Harari, 2014).

¿Porque es esto importante? Porqué desde la visión sesgada de nuestra historia, no cabía la posibilidad de que el Homo Sapiens fuera inteligente y viviera con una cultura desarrollada antes de la agricultura, eso simplemente sería un problema para el discurso moderno del progreso y la santidad de la civilización. 

El cuento de la Revolución Agrícola 

“Hay quien proclama que [la Revolución Agrícola] puso a la humanidad en el camino de prosperidad y el progreso. Otros insistirán en que la ha llevado a la perdición”

(Harari, 2014)

El origen del sedentarismo, de la domesticación de los animales y de las plantas, de la creación de grandes poblados… estos hechos, paulatinos, fueron apareciendo tan lentamente que a la larga, cuando ya estaban arraigados en las mentes de la propia especie, nadie se acordaba que es lo que había habido antes. Cada generación seguía viviendo como la anterior añadiendo pequeñas mejoras que, en teoría, debían servir para mejorar la calidad de vida pero en realidad solo añadía un poco más a la carga de esos agricultores.

Al principio parecía lógico: podían producir sus alimentos, guardarlos, eso permitía tener más descendencia, que a la vez ayudaba a producir alimentos, etc. Empezaron a pasar tanto rato cultivando que se olvidaron de cazar y recolectar. Hubo un aumento drástico de la población: la dieta se empobreció ya que cada poblado subsistía principalmente a base de un solo tipo de cultivo los cuales no tenían todos los nutrientes necesarios, además de que la dependencia de un solo cultivo les hacía más vulnerables a la hambruna si la cosecha salía mal. El trabajo se incrementó pero el resultado final no era mucho mejor. Hay estudios que indican que el cambio hacia la agricultura comportó muchos problemas físicos: vértebras dislocadas, artritis o hernias. Además la esperanza de vida disminuyó de 26 años (antes de la agricultura) a 19 (Diamond, 2010; Harari, 2014)  

No hay ninguna prueba de que el Homo Sapiens se hiciera más listo y que por eso fuera capaz de crear la agricultura (como muchos han querido presuponer). El Homo Sapiens no ha pasado por ningún cambio biológico importante que pueda explicar el cambio significativo en sus culturas; en un momento, la evolución biológica dejó de tener tanto impacto en esta especie para dejar paso a un nuevo tipo de evolución, la cultural (Dawkins, 1979). 

“Es erróneo juzgar miles de años de historia desde una perspectiva actual”.

(Harari, 2014)

Desde nuestra comodidad actual podemos creer que la agricultura fue un gran descubrimiento, ¿pero pensaría lo mismo una criatura que moría de hambre debido a una plaga que había arrasado con los pequeños monocultivos de su poblado? Lo que trajo la agricultura fue la capacidad de mantener viva a más gente, en peores condiciones. La mortalidad infantil se disparó, y la calidad de vida empeoró (Quinn, 2000). No se era consciente, pero alguien que hubiera vivido en el 8500 a.C tenía en general una vida más dura que alguien en el 9.500 a.C. 

Lo que a la larga comportaron estos hechos fue la creciente animadversión del ser humano hacia la naturaleza, su necesidad de dominarla. Empezaron a construir estructuras para protegerse de los robos, empezaron a acumular, creció la necesidad de tener mucho, por si acaso, porque la cosecha podía ir mal, podían robarte, etc. 

Trilla del trigo en el Antiguo Egipto

Esto no ha cambiado mucho a lo largo de los siglos; la agricultura sigue siendo la enemiga de la naturaleza. Con el paso del tiempo, sin embargo, se volvió peor. Sin la capacidad de ver las consecuencias de nuestros actos, proclamando nuestra supremacía por encima de los animales y los ecosistemas, envenenamos la tierra, matando a especies. Nos acercamos a la propia aniquilación y a la del ecosistema global. Hay que entender que el hecho de que hayamos construido todo esto, como especie, no significa que tengamos que mantenerlo así, que deba ser así o que no pueda ser de otro modo, menos aún con las abrumadoras pruebas de la insostenibilidad de nuestros sistemas mayoritarios, en cuanto a la producción de comida y a los sistemas socioeconómicos. 

La mentalidad antigua debe cambiar y hay que empezar por la dañina noción de progreso que esta tan arraigada en nuestra cultura; progreso que parece provenir de ese crucial momento en el que decidimos sembrar una semilla. 

Agricultura sostenible, agricultura permanente

Probablemente la diferencia más fundamental entre los diseños de permacultura y otros diseños mecanizados se encuentra en la diversidad. Ya en el año 1964 Murray Bookchin, historiador anarquista y fundador de la teoría llamada “ecología social”, hablaba de la diversidad como “la esencia del mensaje reconstructivo de la ecología”, en su libro Ecología y Pensamiento Revolucionario. Este libro fue escrito años antes de que apareciera acuñado por primera vez el término de agricultura sostenible en 1980 en un libro escrito por Gordon Lee McClymont, científico australiano y pocos años después de la aparición del concepto de permacultura. 

En su libro, Bookchin habla de las ideas que ahora forman parte de las bases del diseño de la permacultura, pero extrapolándolo más allá de un método o diseño, hacia una condición y necesidad social. Este autor no habla de permacultura, habla de un concepto más basto que es la sostenibilidad, tanto en movimientos sociales como en agricultura. 

Si recordamos el artículo anterior, la diversidad es fundamental para generar ecosistemas vivos que se regulan a sí mismos; especies vegetales para protegerse las unas a las otras, hongos para nutrir el suelo, etc. Del mismo modo Bookchin expone conceptos como la descentralización de la agricultura (pasar de tener pocas pero enormes granjas industriales a tener muchas granjas familiares y entornos urbanos reducidos), dejar espacio a la naturaleza (trabajar con ella y sus mecanismos), al igual que remarca la necesidad del agricultor de conocer todas las sutilezas de las plantas, el suelo, el clima, etc., de dónde va a cultivar. 

“La tierra debe ser cultivada como si estuviéramos en un jardín”.

(Bookchin, 1964)

Es curioso pensar que todos estos razonamientos, que relacionamos directamente con todas las bases de la permacultura y los diseños sostenibles, se dijeran hace tantos años y aun así, en la actualidad, sigan siendo conocidos, y menos aún practicados, por una parte tan pequeña de la población. 

Por eso, y desgraciadamente ahora más que nunca, es importante recuperar esos conceptos y hacer pasos hacia un futuro más sostenible de la producción de nuestra alimentación. Puede que ya no seamos capaces de renunciar a la civilización y dejar de producir nuestra comida, puede que el cambio no sea rápido, pero si empezamos a construir proyectos fuera de los márgenes de la “civilización” (citando el título del libro de D. Queen Más allá de la civilización), poco a poco la gente verá que hay alternativas a nuestro modelo actual de producción y consumo de bienes y comida, que es necesario hacer el cambio y que no vamos a perder lujos, sino a ganar en calidad de vida.

Un sueño al que aspirar sería lograr plantar bosques comestibles suficientes como para que, en muchas generaciones, los seres humanos volvieran a poder disponer de alimento recogido directamente de un ecosistema natural, sostenible, ecológico e inclusivo, que sería accesible a toda (sí, toda) la población. 

Evidentemente habría que arreglar algún que otro problemilla que tenemos, pero es un sueño hermoso. 

Bibliografía

  1. Best, s. (2014). “Moral Progressand ths truggle for human evolution” In The Politics of total liberation. Revolution for the 21st Century, pp. 87.98, chapter 6. New York, NY: Palgrave Macmillan. 
  2. Bookchin, M. (2019). Ecología y pensamiento revolucionario. Calumnia Edicions.
  3. Bruner, J. (1990/1991) Actos de significado: más allá de la revolución cognitiva. Madrid: Alianza Editorial
  4. Dawkins, R., & Suárez, J. R. (1979). El gen egoísta. Barcelona: Labor.
  5. Diamond, J. M. (2010). The worst mistake in the history of the human race (pp. 64-66). Oplopanax Publishing.
  6. Harari, Y. N. (2014). Sapiens: A brief history of humankind. Random House.
  7. Heine, S. J. (2010). Cultural psychology. John Wiley & Sons Inc.
  8. Karthika, K. S., Neenu, S., & Hemalatha, B. Sustainable agriculture: Need for Soil testing. Indian Farmer1236, 1281.
  9. Mendoza, P. A. A., Ramos, Y. L. M., Jaramillo, J. M., & Ortiz, Ó. E. C. (2010). Comprensión del significado desde Vygotsky, Bruner y Gergen. Diversitas: Perspectivas en psicología6(1), 37-49.
  10. Quinn, D. (2000). Beyond civilization: Humanity’s next great adventure. Broadway Books.
  11. Sarker, M. N. I. (2017). An Introduction to Agricultural Anthropology: Pathway to Sustainable Agriculture. Journal of Sociology and Anthropology1(1), 47-52.
  12. Serrano, J. (2008)  Psicología cultural. En: Kaulino, A., y Stecher, A. (eds): Cartografía de la psicología contemporánea: pluralismo y modernidad. Santiago de Chile: LOM.